miércoles, 16 de noviembre de 2016

El rescate de Imaybé, la mujer que se volvió árbol

 El rescate de Imaybé, la  mujer que se volvió árbol
Rene Aguilera Fierro, junto a otros escritores de América Latina, anima una nueva ola en la Literatura mundial. Ella es un torrente de hermandad, amistad, inclusión y solidaridad. Los escritores de Tarija, La Paz, Huacho, Lima, Jujuy, Guayaquil, La Serena, Coquimbo, Puerto Montt, Santiago de Chile, Santiago de Chuco, y muchos más, hoy fortalecen vínculos de amistad para avanzar en la organicidad que nos permita conquistar mejores condiciones para la labor del escritor en nuestro continente. René ha diseñado la bandera verde de la unidad y, la también boliviana, Jackeline Barriga viene proponiendo la 'poesía en acción' que ha llamado la atención de la media internacional. Por su parte la contraparte chilena llama a la Internacional de Escritores y en el Perú hay voces que llaman al advenimiento de un segundo boom literario. Lo cierto es que las arcaicas tribus corruptas que habían mantenido el control de las agendas literarias en sus respectivos países, ya perdieron toda credibilidad y se ha dado paso a una nueva ola que crece en iniciativas y propuestas de los propios escritores que, año a año, realizan numerosos encuentros alrededor del mundo, en los cuales denuncian la falta de apoyo de los gobiernos a las actividades literarias y culturales. Mientras tanto el statu quo literario calla, no opina, o sus integrantes viven gozando de alguna prebenda  proveída por el sistema. En décadas, esta situación, con excepciones, ha mantenido a los escritores en completa desorganización y sin leyes de escritores que los protejan. Ahora en conversaciones en diferentes partes del mundo los escritores han convenido de que es hora de acabar con la división y unirse en torno a un programa mínimo que nos permita una acción conjunta. Juntosí podemos, divididos nunca. 
Jorge Aliaga Cacho - Comité Editorial Jananti

Por  Danitza Montaño T/El País Nov 13, 2016


Son muchas las leyendas que rodean al Gran Chaco y entre ellas está la que se refiere a Imaybé, un árbol de toborochi con forma de mujer dando a luz.  El escritor tarijeño René Aguilera Fierro recogió este relato en su libro “Leyendas y tradiciones”.
Relata que desde los albores de la conquista, el indígena fue considerado poco menos que un animal de carga. Los españoles sólo veían en ellos a los poseedores del codiciado oro o del secreto del dorado, así aprovechaban de su fuerza de trabajo y les privaban de su libertad.
El Virrey del Perú don Francisco de Toledo, en 1574 dirigió la guerra contra los chiriguanos. A pesar de las matanzas, fracasó en su intento de reducirlos. Diez años después, la audiencia de Charcas resolvió declarar nuevamente guerra a los chiriguanos. 
La declaración expresaba: “Tenerles por cautivos y esclavos. Mujeres y descendientes deberían quedar como Yanaconas”. Además dicha resolución mandaba a que se publique y se pregone a fuego y sangre que los indígenas sean castigados y a los demás les sirva de ejemplo.
Sin embargo, de acuerdo a Aguilera Fierro, los nativos sólo defendían su territorio mientras los españoles ingresaban a destruirles sus rancheríos, cementeras y aprovisionamientos. Finalmente los indígenas capturados eran conducidos como esclavos.
Sin embargo, la tradición oral cuenta que en el corazón del Gran Chaco, en la aldea del cacique Chimeo vivía una pareja de chiriguanos, que se amaban y eran muy felices. Iñiguazu, joven guerrero, desde muy joven se había destacado por su valentía e inteligencia en la defensa de su tribu, así como de las incursiones que efectuaban a otros pueblos. Éste era astuto en las operaciones que preparaba contra los blancos. 
Junto al cacique Chimeo participó en varias ocasiones en treguas y conversaciones de paz, convenios en los que casi siempre fueron engañados. No obstante, siempre respetaron la vida de sus adversarios. 
La leyenda relata que el joven Iñiguazu era un verdadero guía espiritual, su trabajo lo compartía con Imaybé, su bella y joven esposa, quien era respetada por su laboriosidad e ingenio. Según el relato habían esperado con ansiedad la llegada de su primer hijo y el día estaba próximo. 
La dicha de Imaybé era incomparable y su felicidad era compartida por toda la tribu. Más aún, cierto día la comunidad de Iñiguazu festejaba un acontecimiento, cuando de pronto fueron sorprendidos por los soldados españoles, que disparaban sus armas a diestra y siniestra, mataban a mujeres, ancianos y niños, al tiempo que incendiaban cosechas y derribaban chozas.
Pasada la sorpresa, Iñiguazu instruyó a Imaybé que huyera a la selva como medida de seguridad, pues además de la vida de ella, la vida de su hijo estaba en peligro. En el ínterin, ellos se reorganizarían para la defensa. Empero, todo fue en vano. En la sangrienta masacre cayeron muchos indígenas, entre ellos Iñiguazu y el cacique Chimoa.

La persecución de Imaybé 
Según la leyenda, el Caray, un hombre blanco, arrogante e inescrupuloso salió en persecución de los dispersos chiriguanos, no para capturarlos, sino para exterminarlos. Según Aguilera Fierro, ya estaban próximos a Imaybé pero la condición adversa de la selva les dificultaba caminar y avanzar como deseaban. Del mismo modo, la constitución de Imaybé tenía un límite y su estado de gestación no lo soportó. 
Imaybé dio a luz en un recodo de la maleza. Cuentan que los pasos y voces enemigas se escuchaban cada vez más cerca e intimaban a la indefensa mujer, que en un estado de impotencia, invocó a Tumpa, el Dios de la selva para que la proteja de la carnicería humana de la que eran presa sus hermanos de sangre y ahora ella.
Tumpa, que tantas veces había castigado al usurpador, atendió la invocación de Imaybé y casi cuando estaban sobre ella, la convirtió en una planta de toborochi, árbol pulposo y de hermosas flores. 
“Tumpa, prometió que un día devolvería su forma animada a Imaybé y a su niño recién nacido, cuando hayan terminado las injusticias, los odios y las guerras”, relata el escritor.
Una tradición oral 
Esta tradición oral se ha conservado en labios de los indígenas de generación en generación, aseverando, que Tumpa -el Dios de la selva- viendo a Imaybé expuesta a la atrocidad del invasor, en el sublime alumbramiento, hizo que se convierta en árbol de Toborochi o Yuchán. De esta manera, el niño- aún entre los muslos- fue convertido en la raíz.  

El rescate de Imaybé
De acuerdo a algunos pobladores del Gran Chaco, con el correr del tiempo, se perdió el lugar exacto de estos acontecimientos. Sin embargo, el progreso paulatino de esta parte de América, hizo que se abriera la carretera al Gran Chaco por la zona de Tapecua. 
Indudablemente, nadie pudo suponer que a sus orillas se encontraría a Imaybé. El árbol estuvo al borde de la carretea por algunos años, de tal manera que todos los viajeros pedían a las flotas o vehículos particulares un breve estacionamiento para retratar la imagen. 
A finales del mes de agosto de 1998, el escritor René Aguilera Fierro fue comunicado que el árbol de Imaybé había sido derribado. Inmediatamente después, tomó contacto con amigos de la población de Yacuiba y Entre Ríos, a fin de averiguar qué sabían sobre el tema. Finalmente se le informó que Imaybé se encontraba en Yacuiba. 
Imposibilitado de viajar, esperó unos días para trasladarse a la población fronteriza. Una vez allí, le indicaron la dirección donde se encontraba el árbol, se trataba de un domicilio particular. La justificación de su poseedor era que se había caído del talud, puesto que se encontraba a orillas del camino. 
El árbol  estaba mutilado, secándose y expuesto en un patio donde el sol abrazador del Gran Chaco le extraía su savia.  El hombre que la había extraído deseaba colocar a Imaybé en el jardín de ingreso a su clínica pediátrica y ginecológica, por lo que su primer argumento no fue convincente. 
El escritor se trasladó a Entre Ríos, a cuya jurisdicción corresponde la zona de Chimeo, lugar donde se encontraba Imaybé. Denunció ante las autoridades el hecho y esto surtió efecto, pues  de inmediato se trasladó una comisión a Yacuiba y rescataron lo que quedaba del árbol.
Posteriormente Imaybé fue trasladada a Entre Ríos, a las faldas del Campo de la Cahuarina, empero la madera no había sido tratada para su conservación y se encontraba en deterioro. Una vez más el escritor pidió que se la saque de allí y se la coloque sobre un pedestal y bajo un techo que la proteja del sol, viento y lluvia. 
Finalmente Imaybé fue puesta a los pies del Cristo Redentor, incrustada en un pedestal, con un precario techo de paja. Más tarde, para evitar su desaparición, el artista Vicente Mujica Mier, trabajó una copia con una maestría admirable.
En la actualidad, la belleza de Imaybé, se yergue incólume a los pies del Cristo Redentor, mirando con amor al pueblo de Entre Ríos que le dio vida eterna.

más detalles del árbol de toborochi
Imaybé extraída  
Imaybé fue extraída del costado de la carretera al Chaco, luego fue llevada a Yacuiba a un domicilio particular, donde permanecía sin ningún cuidado.

Árbol en la carretera 
Imaybé antes de ser mutilada permaneció por algunos años al borde de la carretera al Chaco. En dicha zona estacionaban los viajeros para sacarle fotografías.

Leyenda recuperada 
El escritor René Aguilera Fierro recuperó la leyenda en su libro “Leyendas y tradiciones”, donde usó una ilustración gráfica.

No hay comentarios:

Publicar un comentario